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GABO, EL ESCRITOR VIVO QUE SE CONVIRTIÓ EN LEYENDA

 

Gabo es tan colombiano como un bocadillo veleño, un sancocho de gallina, o unas colaciones al atardecer. Es el más colombiano de todos. Nacido en Aracataca el 26 de marzo de 1927, una población calurosa localizada a 70 kilómetros de Santa Martha, en el departamento del Magdalena, en el hogar de Luisa Santiaga Iguarán y el telegrafista del pueblo. Gabriel García Márquez, es el escritor emblemático de Colombia y uno de los más grandes novelistas de América.

Casado con Mercedes Barcha la hija de un boticario de Barranquilla, apodada por sus amigos de la cueva el Cocodrilo Sagrada, con la que ha compartido desde joven y de quien tiene tres hijos. De ella dice Márquez, es “mi compañera ideal”. Es la única que conoce a fondo sus sentimientos, sus mañas, sus alegrías y también sus desventuras. 

No es fácil hablar de su vida, sin recordar sus años mozos  deambulando por entre las ciudades como aprendiz de periodista, metiéndose en toda clase de barullos, en la época en que vivía para la crónica, el reportaje y le robaba tiempo a las galeras de los periódicos para perderse por entre los cafetines con sus amigos de bohemia. 

Gabriel José García Márquez, conocido como Gabo, es hoy uno de los escritores vivos más leídos en el mundo. Con  sus  cuentos y novelas  “La siesta del Martes”, “En este pueblo no hay ladrones”, “La mujer que llegaba a las seis” y la saga que escribió siendo periodista. Se abrió paso en las letras colombianas cuando apenas despuntaba los  veinte años y se paseaba bajo el sol por los polvorientos pueblos de Ciénaga, Tucurinca, Fundación y Toma Razón, vendiendo enciclopedias.

Hoy aproximando a los noventa años, a cuarenta y seis de la puesta en venta de su obra cumbre “Cien Años de soledad” ; y a 31 años de publicar su primer cuento y de dejar más de un centenar de relatos, novelas y crónicas, el mundo de las letras le sigue rindiendo  homenajes en vida.

 

Desde México hasta la Patagonia se sigue agasajando a este hombre que un día le dijo a quién lo entrevistaba, “ yo  escribo para que me quieran”, el mismo que con sus mariposas amarillas  sus personajes de Ursula Iguarán, Aureliano Buendía, Pilar Ternera, Petra Cotes, Amaranta, Remedios la Bella, Mauricio Babilonia y  Melquíades el gitano alquimista, hipnotizó al mundo de las letras y abrió los caminos a lo real maravilloso.

A García Marquez se le debe el sueño de esa aldea de Macondo perdida en la imaginación que todos quieren conocer  y que la asemejan a los pueblos polvorientos donde transcurrió su juventud buscándose  el almuerzo o unos pesos para pasar un rato al lado de la mujer que nunca calló en su olvido. El pequeño mundo que idealizó y convirtió en universal el hijo del telegrafista de Aracataca, el mismo que holgazaneaba de pelao por la Calle de Monseñor Espejo.   

El aprendiz de abogado que se especializó en hacer grandes las pequeñas cosas y que creo sus novelas como si estuviera cantando vallenatos, como alguna vez lo dijo el ex presidente Alfonso López Michelsen, cuando pidieron su opinión de Cien años de Soledad, y señaló que,  “ese era el vallenato más largo escrito”. Gabo, nos enseño a leer sus sueños y fantasías a través de sus entrevistas, cuentos, novelas y relatos, infaltables en cualquier biblioteca, La mala Hora, Los funerales de la mama Grande, El Coronel no tiene quien le escriba, el relato de un naufrago, el General en su laberinto, El otoño del patriarca y sus centenares de cuentos cortos así, El amor en los tiempos del Cólera y ahora su autobiografía “vivir para contarla”. 

Las Obras de Gabo, han sido  traducidas a más de 40 idiomas, incluso sus Cien años de soledad se encuentra  transcrito al Braile. Cada año millones de libros se venden y hoy millones de lectores esperan que aparezca un nuevo título.

No podría dejar de contar que al igual que muchos periodistas y escritores, también tuve la oportunidad de cruzarme una vez con García Márquez, cuando cubría una cumbre de presidentes Iberoamericanos en Cartagena y tocar unas palabras con el Nobel. De ese día recuerdo que vestía su “liqui liqui” blanco y se encontraba de muy buen humor, pues su compadre  Fidel Castro le había hecho caso y había cambiado su habitual vestido de faena Verde Oliva por la guayabera  al mejor estilo caribeño. Fue un encuentro fugaz como el de sus personajes, pero bastaron sólo unos minutos  para llevarme una impresión, que todavía hoy permanece en mis recuerdos, la imagen de un hombre cuya magia se le sale del cuerpo y de su mirada venerable de gozón costeño.

Apenas cruzamos unas palabras, cuando una nube de periodistas se acercó a pedirle una chiva, a lo que el Nóbel costeño contestó con enfado, eche yo no tengo chivas, si quieren chivas vayan a pedírselas a los presidentes y acto seguido desapareció de nuestra presencia como un duende vestido de blanco. Desde ese día espero volverlo a ver una vez más... como en uno de sus cuentos peregrinos.

MONSEÑOR ESPEJO