Juancho Polo Valencia y Alicia Adorada, 100 años de historia

Por: ABETH G KAMELL

 

Siendo apenas un muchachito de pantalón corto, un pelao de barriada, o dicho de otra manera más coloquial: “un cagón” que en las estaciones de la primavera elevaba barriletes de vivos colores y jugaba trompo en las polvorientas calles de San Jacinto y El Carmen de Bolívar, aprovechando el veranillo de San Juan, en el corazón de Los Montes de María, donde crecí, escuchando bandas| de 40 músicos empíricos y paseos, merengues y charangas de Calixto Ochoa y el maestro Alejo Durán con su “Pedazo de Acordeón”, tuve la grata experiencia de escuchar por la radio en am, (puesto que en esos años cavernícolas aún no se sabía con o sin certeza en nuestro medio, qué era realmente una frecuencia de radio en FM y cuáles eran los enormes beneficio de la era de la globalización tecnológica referente a la robótica de nuestros tiempos), lo que la plebe y el mismo vulgo decía sobre un juglar vallenato que había nacido en el corregimiento de Candelaria en el Cerro de San Antonio en predios a Pivijay Magdalena y Fundación, y que se estaba

robando el corazón de las mujeres bonitas de todas las edades y condiciones sociales de la provincia, llamado Juancho Polo Valencia a quienes muchos bocones y lenguas largas lo veían como el bufón del rey o como una figura caricaturesca que tocaba acordeón, tomaba mucho ron en las fiestas de la Virgen y en las de las corralejas, en que el ron popular lo hacía alucinar y a hablar disparates cuando se embriagaba hasta la saciedad, pero eso sí: sin soltar el acordeón colgada en su pecho como el ángel de la guarda, entonando sus composiciones famosas en casa de gamonales y latifundistas del Magdalena Grande mucho antes que el expresidente López creara al departamento del Cesar y al mítico Festival de la Leyenda Vallenata en la incipiente Valledupar con Consuelo Araujo Noguera y el maestro Escalona, y esas canciones que enamoraban por su letra y contenido y por la fragancia de las hojas verdes de los montes, así como por las escobillas y la leche caliente recién extraída de las ubres de los semovientes de los hatos y cultivos con olor a sándalos que invitaban a tomar trago, era nadie menos que Alicia Adorada, inspirada en lo que más quería: su esposa por la iglesia católica, Alicia María Hernández Páez, la mismísima Alicia Adorada de la célebre canción póstuma de Juancho, quién debido a un descuido suyo justamente, falleció sin quien pudiera llevarla oportunamente a un hospital debido a que su marido trashumante y sibarita, andaba tocando bailes y todo tipo de festejos en todo los pueblos de la Costa Caribe colombiana donde era considerado un ídolo en su estilo dicharachero, francote y a la vez humilde.

Pero también era cierto, que en la época en que el vallenato era más de pueblo que de ciudad, cuando en los clubes de la alta sociedad, es decir: de la burguesía de Valledupar para citar un ejemplo y en otras ciudades, la música que se escuchaba era la europea, casi la medieval de piano de cola y mazurcas vienesas, a los acordeoneros, verseadores, cantantes y compositores, los buscaban expresamente, esa misma gente rica y excluyente, para que fueran a tocar fiestas de compadres muy adinerados en fincas, hatos y caseríos fuera de la urbe para ganarse unos pocos pesos en medio de juergas de 2 y tres días de parrandas llenas de licor y carne de monte, y Juancho Polo Valencia, no era la excepción de la regla, por cuanto que, iba con su conjunto, tocaba, se emborrachaba y por allá a las dos o tres semanas estaba de vuelta a su hogar con los bolsillos llenos, pero generalmente mal trajeado y oloroso a ron caña, o ron blanco, y esa parte fue la que llevó a que este juglar vallenato del glorioso Magdalena Grande de entonces, la embarrara con lo que siempre más quiso: su esposa, que aún moribunda en su lecho de enferma, lo invocaba como quien invoca a un espíritu de luz para que se presentara a darle una mano lo que nunca sucedió por lo ya expuesto.

Y Juancho iba a cantarles por plata como era de suponer --y por ahí derecho, a degustar sancochos y a ingerir ron--, a la gente rica del Sinú, de Bolívar, de Córdoba, de Fundación, de Pivijay, de Valledupar y toda la provincia de Padilla y la Guajira, que les gustaba oír con su particular estilo las notas sentidas, lentas, rápidas y alegres de su acordeón,(según el aire que le tocara digitar y cantar dentro de los cánones del vallenato, esto es: Paseo, merengue, son y puya, con la que conquistó miles de corazones en todo Colombia, incluyendo la zona bananera y sus pueblos cerca de Macondo por los cuales pasaba el tren muy de mañana con un alboroto descomunal pitando y lanzando bocanadas de humo quemado, desde Santa Marta desde donde iniciaba su recorrido, hasta Bosconia y Gamarra,

atravesando el corazón de la zona bananera como Tucurinca, Aracataca, Sevilla, Guacamayal, Ciénaga Magdalena, y Santa Marta, porque entre otras cosas, la gente rica que lo contrataba solo de palabra, porque entre otras cosas, no existían aún las notarías donde elaborar un documento, se maravillaba con su personalidad escueta y humilde no obstante que fuera un hombre desdentado con cara de hambre, filudo, de pómulos hundidos y ojos de loco, que aunque no tenía parecido con Homero el ciego griego de la Ilíada y la Odisea, había trascendido en la cultura rural del Caribe colombiano, en que llegó a ser un abanderado junto al maestro Alejo Durán, a Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, el hombre de Piedras de Moler y el mejor vestido del Magdalena Grande de eso años, y de Pacho Rada, aquel maestro de Plato Magdalena, autor del Tigre de la Montaña que magistralmente interpretó Alfredo Gutiérrez en su momento, y quien fue quien lo descubrió y le enseñó a tocar el acordeón, en épocas igualmente de Andrés Landero, El viejo Mile, Toño Salas en El Plan y Lorenzo Morales, al punto que muchos señoritos de la época, durante sus tertulias literarias y etílicas de la provincia Caribe elogiaban, tildándolo de ser un mito y poeta de pueblo que tenía una nota alegre y fiestera como un fandango sabanero cuando se embriagaba que daba gusto, pidiéndole que les tocara, Alicia Adorada, una y muchas veces durante la juerga, así como La Niña Mane, Si, si sí, Lucero Espiritual, Marleny, El Pájaro Carpintero El Duende, Carmencita y hasta La muerte de Alfredo Gutiérrez, cuando se regó la bola que se había envenenado con folidol, entre otras melodías de su inspiración.

Y justamente fueron esas las melodías que hicieron grande a Juancho Polo Valencia, quien hasta se colocó como apellido Valencia, para reverenciar a un poeta payanés llamado Guillermo Valencia.

Este pintoresco hombrecillo sacado como de un cuento de los hermanos Green o del mago de Oz llamado Juancho Polo Valencia, tras el matrimonio con su Alicia Adorada, tuvo un hijo, bautizado como Juan Polo Hernández.

Pastor López de Venezuela con su combo, por su lado, también tuvo que ver con la fama de este juglar, alumno aventajado de Pacho Rada, cuando en una de esas pegajosas canciones, populares del venezolano, decía que Juancho Polo, no tenía dientes ni tenía muelas pero que con sus canciones se robaba la admiración de chicos y grandes.

En mi concepto, las canciones históricas más significativas de este buen hombre magdalenense son:

* Alicia Adorada

* Lucero Espiritual

* Sí, sí, sí

* El Duende

* La Niña Mane y

* Marleny

Recuerdo mucho que en los pueblos de la zona bananera donde transcurrió parte de mi adolescencia en casa del señor Buelvas, mi tío, en Tucurinca, las mujeres se enloquecían cuando se enteraban que Juancho Polo iba a tocar en su pueblo, como también aconteció en alguna ocasión cuando encontré a mi madre, muy bien

empolvada y pintoreteada y con un vestido satinado rojo, y le pregunté el porqué de tremenda pinta y lo único que atinó a responderme fue:

--Ajá hijo mijo ¿y acaso no ves que esta noche va a tocar en la caseta “El Platinazo” Juancho Polo--, concluyó sin aspavientos ni presunciones mi madre campesina. Por mi lado, entendí el mensaje y resolví guardar silencio y carcajear sin burla, bajando un poco la cabeza para evitar que mi madre querida, pensara que me estaba riendo de su probable disparate propio de su época.

Lamentablemente el juglar del Cerro de San Antonio, de Fundación y Pivijay en particular, nunca pudo disipar la pena de la muerte de su esposa tras un desgraciado parto utópico en que perdió nutrientes muy importantes de la vida como sodio, potasio y sangre, y justamente esa “mea culpa” que llevaba colgado en su alma y que lo persiguió persé persé como un duende maluco, fue unos de los factores que lo llevó a la depresión y que lo inspiró en medio del dolor, para componer una canción clásica vallenata, que rompió el corazón de mucha gente y que se denominó, Alicia Adorada, como homenaje póstumo a su esposa allá en Flores de María.

Pero de seguro, el golpe más doloroso que le asestó el destino en toda su existencia desde que nació el 18 de septiembre de 1918 hasta cuando falleció el 22 de julio de 1998 en Fundación Magdalena, a los 59 años de edad, fue cuando ya de regreso a casa, tras su larga correría, debió detener su marcha para dejar pasar un entierro en que iba metida en un cajón, ya muerta, la gran Alicia Adorada, lo que llevó a que su tragedia se dimensionara más aún, cuando preguntó a alguien de la concurrencia que iba acompañando a quien fuera su esposa, hasta su última morada.

--Oiga amigo, ¿quién murió?

--¡Su mujer… o sea, su esposa si es que no lo recuerda!, respondió irónicamente y bastante molesto el hombre, y continuó su marcha junto a la concurrencia.

Sus composiciones siempre iban llenas de alegría pero también de tristezas y trascendieron a través de la historia del folclor vallenato porque además de sus interpretaciones, fueron cantadas igualmente, por gente de muchos kilates dentro del argot musical vallenato como Jorge Oñate con el acordeón de Juancho Rois que hizo grandes a Alicia Adorada durante décadas, al igual que el maestro Alejo Durán y Carlos Vives con Egidio Cuadrado, y Diomedes Díaz con Juancho Rois con Lucero Espiritual y Marleny, además de Poncho Zuleta, cuando interpretó con su sonora garganta, La Ñina Mane. La vida de este juglar del Magdalena Grande, transcurrió entre risas y llantos, y entre amores furtivos y delirios que le producía la vida misma del diario transcurrir.

Juancho muy a pesar de no ser un hombre físicamente bien parecido como un Valentino o un Don Juan por ejemplo, sabía conquistar el amor de una mujer a donde llegaba a presentarse, quizás como los grandes poetas del medioevo europeo, sin que él mismo lo supiera.

Su arte era palpable, tangible en especial, cuando abría los fuelles de su acordeón para iniciar una parranda o cualquier acontecimiento por aristócrata o humilde que

esta fuera. No obstante del dolor de perder a su mujer en las circunstancias referidas, fue un hombre feliz que le cumplió a su país. Entre 1918 cuando nació y 2019, pasaron cien años.

 

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