Las Noches de Tucurinca

 

Por: Abeth Kamell - Cuento Corto 

Las estrellas, los luceros y las luciérnagas se apoderaban del cielo y resplandecían los matorrales

Nací cuando las noches y los días empezaban al mediodía en Tucurinca, cerca a Macondo, (a Aracataca), en que había levantado una fortuna el señor Buelvas mi tío, hermano de padre de Roquelina Isabel mi madre mulata de cabellos largos y olorosos y fina artesana tejedora de hamacas y pellones.

El señor Buelvas mi tío, sacrificaba vacas de su hato lechero, en las madrugadas, puyando sus cuellos con un filudo cuchillón de acero inoxidable que parecía un espejo de agua cuando el resplandor de la luna clara iluminaba el monte, y todo, para vender carne al menudeo y en pequeñas cuantías en la colmena, en el expendio de la esquina, diagonal al ventorrillo del gordo Zoilo que vendía chucherías y carruzos de brillantina, de pomadas con olores a nardos para engominar el cabello y mostrarlo brillante, esplendoroso y mágico.

El expendio estaba estratégicamente situado en el corazón del pueblo por donde pasaba a un costado, el burro, un rústico tren que votaba tanto humo en cada pitada que parecía un dragón medieval y que cargó y transportó muchas tropas del gobierno en una de las tantas guerras civiles que flagelaron la región, para que dieran plomo a la resistencia criolla conformada por centenares de hombres desempleados y malcomidos que prefirieron morir dando plomo también, que seguir viviendo el drama de ver morir de hambre a sus hijos.

El burro además de cargar soldados, también cargó toneladas de racimos de guineo verde empacado en bolsas plásticas transparentes de las plantaciones de Guacamayal y Sevilla, donde las culebras, los buitres y los marranos diariamente se daban un banquete comiéndose el guineo que los trabajadores no alcanzaban a empacar.

Todas las mañanas, muy temprano y cuando el sol empezaba a despuntar por las estribaciones de la sierra madre, me encontraba al cachaco Zoilo tomando café negro en la esquina del cachaco Mejía, con una barriga de mujer preñada que casi no lo dejaba caminar:

--Buenos días don Zoilo--, lo saludaba con gran respeto.

--Buenos día--, me respondía formalmente como buen cachaco, con la taza de tinto caliente aprisionada en sus regordetas manos boterianas, de las que salían hileras de humo que se perdían en el aire fresco de la mañana.

En el camino, antes de llegar a la fama de mi tío, también me topaba con otro hombre importante del pueblo: “Picogordo”, un señor de estatura mediana, dueño de varias fincas ganaderas de la región, amigo de mi tío, el señor Buelvas, a quien también había que saludar:

--Picogordo…Buenos días.

--Y usted ¿quién es? me decía algo sorprendido sin responder al saludo, quitándose los espejuelos de gruesos vidrios para detallarme con sus ojos miopes y unas bolsas de pellejos colgados debajo de sus ojos de conejo, como dos goteras.

Luego de detallarme sigilosamente con su mirada, procedía a interrogarme bastante intrigado, aprovechando sus virtudes histriónicas:

--No me diga que usted es familiar del señor Buelvas ah.

--Soy su sobrino--, me apresuré a contestar. Por la noche, aprovechando la claridad de la luna de la primavera, me paraba en los bordillos de cemento de la acequia que daba a la casa de mi tío, para ver correr la corriente de agua cristalina, para ver el musgo que iba creciendo a paso agigantado y para escuchar los cantos continuos de los

renacuajos y los sapos tomateros, de quienes mi tío decía, que oírlos cantar en luna clara, eran cosas de buenos presagios.

--Mi tío tiene razón: estos sapitos cantan bonito--, me decía así mismo en un estado de felicidad plena, que robustecía mi alma.

Pero cerca de la acequia, también madrugaba a comprar carne, “El Negro” Cenén, un hombre bueno quien a pesar de ser negro de piel, en los días de la semana santa se le veía a veces blanco y a veces amarillo y todo porque una bruja de le zona bananera lo envainó, poniéndole un maleficio para dañar el color natural de su piel que parecía un mapa.

--Un curioso de Fundación después de examinar mi orina en un frasquito que le llevé, me dijo esa vaina: que lo mío no era ninguna enfermedad, sino un vainazo que me puso una mujer que tuve y que para joderme y no se fijara en mí otra vieja, ¡me envainó! explicó, al preguntarle respetuosamente, el motivo por el cual su piel cambiaba de colores como los camaleones prehistóricos.

--Son vainas de la vida, pero esté usted seguro —siguió explicando—que cuando encuentre a esa maldita bruja, la levanto a machete limpio pa que respete a los hombre--, se exasperó, pero rápidamente se ubicó en la realidad y se marchó no sin antes despedirse:

--Mire joven Buelvas, salude de mi parte a su tío. Hasta luego. Espero volver a verlo para brindarle un raspao de vainilla--, remató.

--Gracias señor Senén, pero no es necesario--, salí al paso.

Y así transcurría la vida en Tucurinca en que la poesía nocturna parecía aflorar cuando una invasión de luceros, de estrellas y de luciérnagas, iluminaban el cielo del pueblo que parecía ser de otra galaxia por cuanto raras veces los luceros se dejaban ver, igualmente las estrellas y las luciérnagas con sus lucecitas resplandecientes y amarillas, al punto que muchas noches sin luz eléctrica y poseído por la oscurana de las noches de Tucurinca, los nativos que caminaban las calles del pueblo con la gallada de amigos, fumaban tabacos criollos y a la distancia solo se veían lucecillas como un tizón ardiendo, que caminaban en el aire de la oscuridad como si no tuvieran cuerpos, lo que ocasionó que las mujeres impías de Tucurinca, pensaran que esas lucecillas de las noches, eran duendes que salían a pasear aprovechando el fresco de la noche, a lo que Picogordo decía:

--Estas mujeres están jodidas porque aquí en Tucurinca no hay duendes ni maricadas de esas, sino gente que fuma tabaco en las tinieblas y parecen luceros y luciérnaga—concluía reboleando en su boca de anciano adinerado, un puro de fabricación cubana que el viejo Jarufe le traía de Cuba cuando iba de tour por la Isla del Comandante Fidel en las vacaciones de verano de Enero.

--Sí, éstos tabacos me los trae mi compadre Jarufe y yo acá en Tucurinca se los pago en dólares—comentaba en medio del vaho emanado de su boca olorosa a nicotina y a letrina.

Para la época en que viví en Tucurinca con menos de 18 años de edad tras un éxodo forzado de mis padres, se hablaba maravilla de la zona bananera, de las extensas plantaciones de guineo y de las matas de plátano y del verdor de las tierras en que abundaba el bastimento, al punto que la gente del pueblo y de los caseríos y veredas, nunca aguantaban hambre porque lo tenían todo, empezando por el guineo que se daba silvestre como la verdolaga, y porque sin tanto misterio, cuando una familia quería desayunar bien, bastaba solo con arrancar una mata de yuca y a la olla, y a los pocos minutos apenas se oía el cuchicheo y el ruido particular de la olla hirviendo a todo timbal en los ancestrales fogones de leña con la candela cantando como presagiando la llegada de un familiar lejano.

 

Y esa serie de cosas inolvidables, eran precisamente las que Tucurinca y sus noches con lucero, estrellas y luciérnagas, el alboroto del tren en las madrugadas, las latas de leche tibia de los ordeños, los pajaritos armando un mierdero todas las madrugadas con sus míticos cantos diversos, los raspaos del viejo Senén y las muchachas bonitas de piel morena y cabellos rubios, y los cuentos de Picogordo y Jarufe junto al cachaco Zoilo y al cachaco Mejía, fue lo que hicieron que el corazón de mi tío Manuel Buelvas Navas echara raíces en Tucurinca y se quedara toda la vida, vendiendo carne en la colmena de la esquina del ferrocarril, sembrando todo tipo de alimentos en sus fincas ganaderas que tenía y que Blasito y Manuelito dos de sus hijos aventajados, al caer el sol por las tardes, arrearan el ganado a los corrales, montados en sus briosas bestias y entonando cantos de vaquería y que con una negra de casi

dos metros, tuviera una familia numerosa en un pueblo y en una región que parecía estar bendita por los Dioses y más aún, cuando en los bailes que se organizaban con jóvenes adolescentes del pueblo, solo había felicidad, alegría, buenas costumbres, traguito bien tomado y mucha paz, circunstancias que conquistaron el alma de mi tío el señor Buelvas que al final de muchos años y aún teniendo mucha vida por delante, una maldita mañana de octubre, murió de forma inexplicable cuando al pasar cabalgando a Primavera, su yegua preferida, se apeó del animal a tomar agua en un pozo cerca a una acequia, y desde ahí, desde ese momento se le prendió un dolor en el vientre que lo llevó a la tumba.

--Lo del señor Buelvas no fue ningún dolor ni nada de eso, fue un maleficio que le hicieron para matarlo y lo mataron—dijo Picogordo cuando se enteró del percance de su gran amigo el señor Buelvas.

--Ese cuento no se lo cree nadie y menos yo, que sé, de la fortaleza de este buen hombre. Dicen que una mujer de piel negra y pelo apretado se lo llevó no sé porque qué carajo, pero lo cierto es que ella fue quien le echó el vainazo—especuló con ojos tristes y apachurrados por el dolor.

--Qué pesar que todavía haya gente tan perversa—acotó con los hombros caídos por la desilusión, y enseguida secó sus lágrimas con la tradicional toalla rosada que siempre cargaba en el hombro izquierdo cuando montaba su caballo y se iba a la finca a revisar el ganado. –

--Ojalá que la bruja que le montó el velorio, se esté quemando en el infierno—remató profundamente dolido.

Por fortuna Tucurinca aún sobrevive y el poste que estaba puesto en el centro de la única cancha del fútbol que tenía el pueblo, ya lo quitaron. Cómo olvidar las noches de lucero, de estrellas y luciérnagas de Tucurinca; las muchachas bonitas de piel morena, de ojos verdes y cabellos dorados, y los raspaos del negro Senén. ¡Imposible!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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