Las luciérnagas de Tucurinca

Por : Abeth Gustavo Kámell

Cuento -corto 

El negro Senén no solo vendía raspao de hielo teñido con vainilla de colores encendidos, sino que resultó ser --sin proponérselo en cuanto que, nunca supo quién fue--, un alumno aventajado de Galileo Galilei, cuando en una noche de primavera del año 68, en la zona bananera del Caribe colombiano dijo, espantado por la fantasía de su mente:

¡Mierda! ¡Qué vaina tan bonita!

¿A qué te refieres negro Senén?, preguntó un tanto impresionado Picogordo, un gran amigo suyo de los viejos tiempos de la cometa, cuando de niños iban a los playones de Tucurinca a volar barriletes de vivos colores, en la temporada de brisas, de huracanes y ventiscas.

--Hombre pues al batallón de luciérnagas que vi anoche aquí en el cielo de Tucurinca--, dijo el hombre negro, de pelo grisáceo y ensortijado.

--Pero… ¿Cuáles luciérnagas? si anoche el cielo de Tucurinca estaba oscuro, ni siquiera estrellas y luceros había--, acotó lleno de dudas Picogordo.

--No señor, dijo Senén, yo vi con estos ojos que se los ha de comer la tierra y los gusanos, cómo un batallón de luciérnagas con luces amarillas y doradas, apartaban a los luceros y a las estrellas para quedarse ellas solitas con el cielo de Tucurinca ¡lo juro por mi madre muerta y por mis hijos!, se molestó el hombre negro, de canas plateadas y ojos brillantes y saltones como los de un conejo.

--Mira Negro, ¿no será que te llegó la menopausia y esa vaina te está haciendo ver cosas raras? Repuntó Picogordo, creyendo que al negro Senén algo muy extraño lo estaba perturbando, o en el peor de los casos: lo estaba desquiciando.

--Que va: si la menopausia le da es a las mujeres ya viejonas pero no a los hombres--, se defendió el hombre negro que se había vuelto famoso en las fincas de guineo de la zona bananera, por vender los raspaos de hielo con vainilla de colores encendidos más deliciosos de la región Caribe.

--Senén--, alertó Picogordo. --¡estás chiflado!, ¡estás loco! mi amigo querido--, le dijo en tono jocoso con una sonrisa a media marcha el v viejo conocido del Negro Senén.

--Hombre Picogordo, deje de ser terco como una gallina ciega: le digo que yo vi lo que vi y punto--, acotó el hombre negro de pelo plateado, a punto de perder la paciencia y más aún, cuando su mejor amigo de Tucurinca le dijo que estaba menopáusico y que estaba desequilibrado mentalmente.

La conversación entre los dos buenos amigos de Tucurinca no obstante las revelaciones del hombre vendedor de raspao, concluyó en buenos términos despidiéndose con un fraterno apretón de mano y cada uno se marcó a sus respectivos aposentos, pero la cuestión no quedó ahí, por cuanto Picogordo quedó con la espinita adentro como una daga pegada al cuello, con la leve sospecha que su amigo, el negro Senén Reales estaba perdiendo la razón.

--A este pobre negro se le corrió la teja: está loco de remate--, habló para sí, Picogordo, pero en ese momento pasaba por allí, el cachaco Zoilo, que había llegado a Tucurinca, huyendo de los paramilitares del Urabá antioqueño, que lo querían matar porque no quiso pagar el impuesto de guerra que le pusieron cuando el pobre hombre lo único que tenía como patrimonio preciado era, diez puercos gordos, quince gallinas expertas en parir huevos de cinco yemas, y un ranchón de bahareque y techo de palma donde vivía con su mujer y sus ocho hijos.

Como el cachaco Zoilo notó que Picogordo estaba algo perturbado y fuera de eso hablando solo, la curiosidad empezó a picarle como urticaria al punto que no se aguantó más y decidió averiguar qué estaba sucediendo.

--Picogordo, ¿necesita de mi ayuda? le dijo en tono humanitario.

--No, tranquilo Zoilo, estoy bien.

--Pero lo escuché hablando solo y eso no es buena señal.

--No, no es nada, solo que hay días que uno amanece como embrujado pensando pendejadas pero nada más—replicó Picogordo.

Pero cuál sería la sorpresa de Picogordo y el cachaco Zoilo, cuando a la media noche en vísperas de un viernes santo, escucharon un cuchicheo que venía del techo de sus casas, lo que los llevó a salir empiyamados ambos a ver qué era la vaina y casi les da un infarto cuando al mirar al infinito, todo el cielo de Tucurinca estaba lleno de luces amarillas y verdes que generaban una monumental legión de luciérnagas como había dicho una y mil veces, el humilde negro Senén.

La sorpresa fue tan espectacular por lo mágico del momento cuando ya entraba la madruga y cuando los gallos del viejo Male Cortina empezaban a cantar, que la mujer de Picogordo debió empapar la cabeza de su marido, de menticol además de rezarle un credo al revés y darle dos tragos dobles de vino de consagrar para que saliera del trance en que parecía haber caído.

 

 

 

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