Por : Abeth Gustavo Kámell

Cuento -corto 

El negro Senén no solo vendía raspao de hielo teñido con vainilla de colores encendidos, sino que resultó ser --sin proponérselo en cuanto que, nunca supo quién fue--, un alumno aventajado de Galileo Galilei, cuando en una noche de primavera del año 68, en la zona bananera del Caribe colombiano dijo, espantado por la fantasía de su mente:

¡Mierda! ¡Qué vaina tan bonita!

¿A qué te refieres negro Senén?, preguntó un tanto impresionado Picogordo, un gran amigo suyo de los viejos tiempos de la cometa, cuando de niños iban a los playones de Tucurinca a volar barriletes de vivos colores, en la temporada de brisas, de huracanes y ventiscas.

--Hombre pues al batallón de luciérnagas que vi anoche aquí en el cielo de Tucurinca--, dijo el hombre negro, de pelo grisáceo y ensortijado.

--Pero… ¿Cuáles luciérnagas? si anoche el cielo de Tucurinca estaba oscuro, ni siquiera estrellas y luceros había--, acotó lleno de dudas Picogordo.

--No señor, dijo Senén, yo vi con estos ojos que se los ha de comer la tierra y los gusanos, cómo un batallón de luciérnagas con luces amarillas y doradas, apartaban a los luceros y a las estrellas para quedarse ellas solitas con el cielo de Tucurinca ¡lo juro por mi madre muerta y por mis hijos!, se molestó el hombre negro, de canas plateadas y ojos brillantes y saltones como los de un conejo.

--Mira Negro, ¿no será que te llegó la menopausia y esa vaina te está haciendo ver cosas raras? Repuntó Picogordo, creyendo que al negro Senén algo muy extraño lo estaba perturbando, o en el peor de los casos: lo estaba desquiciando.

--Que va: si la menopausia le da es a las mujeres ya viejonas pero no a los hombres--, se defendió el hombre negro que se había vuelto famoso en las fincas de guineo de la zona bananera, por vender los raspaos de hielo con vainilla de colores encendidos más deliciosos de la región Caribe.

--Senén--, alertó Picogordo. --¡estás chiflado!, ¡estás loco! mi amigo querido--, le dijo en tono jocoso con una sonrisa a media marcha el v viejo conocido del Negro Senén.

--Hombre Picogordo, deje de ser terco como una gallina ciega: le digo que yo vi lo que vi y punto--, acotó el hombre negro de pelo plateado, a punto de perder la paciencia y más aún, cuando su mejor amigo de Tucurinca le dijo que estaba menopáusico y que estaba desequilibrado mentalmente.

La conversación entre los dos buenos amigos de Tucurinca no obstante las revelaciones del hombre vendedor de raspao, concluyó en buenos términos despidiéndose con un fraterno apretón de mano y cada uno se marcó a sus respectivos aposentos, pero la cuestión no quedó ahí, por cuanto Picogordo quedó con la espinita adentro como una daga pegada al cuello, con la leve sospecha que su amigo, el negro Senén Reales estaba perdiendo la razón.

--A este pobre negro se le corrió la teja: está loco de remate--, habló para sí, Picogordo, pero en ese momento pasaba por allí, el cachaco Zoilo, que había llegado a Tucurinca, huyendo de los paramilitares del Urabá antioqueño, que lo querían matar porque no quiso pagar el impuesto de guerra que le pusieron cuando el pobre hombre lo único que tenía como patrimonio preciado era, diez puercos gordos, quince gallinas expertas en parir huevos de cinco yemas, y un ranchón de bahareque y techo de palma donde vivía con su mujer y sus ocho hijos.

Como el cachaco Zoilo notó que Picogordo estaba algo perturbado y fuera de eso hablando solo, la curiosidad empezó a picarle como urticaria al punto que no se aguantó más y decidió averiguar qué estaba sucediendo.

--Picogordo, ¿necesita de mi ayuda? le dijo en tono humanitario.

--No, tranquilo Zoilo, estoy bien.

--Pero lo escuché hablando solo y eso no es buena señal.

--No, no es nada, solo que hay días que uno amanece como embrujado pensando pendejadas pero nada más—replicó Picogordo.

Pero cuál sería la sorpresa de Picogordo y el cachaco Zoilo, cuando a la media noche en vísperas de un viernes santo, escucharon un cuchicheo que venía del techo de sus casas, lo que los llevó a salir empiyamados ambos a ver qué era la vaina y casi les da un infarto cuando al mirar al infinito, todo el cielo de Tucurinca estaba lleno de luces amarillas y verdes que generaban una monumental legión de luciérnagas como había dicho una y mil veces, el humilde negro Senén.

La sorpresa fue tan espectacular por lo mágico del momento cuando ya entraba la madruga y cuando los gallos del viejo Male Cortina empezaban a cantar, que la mujer de Picogordo debió empapar la cabeza de su marido, de menticol además de rezarle un credo al revés y darle dos tragos dobles de vino de consagrar para que saliera del trance en que parecía haber caído.

 

 

 

El montaje “Angelitos Empantanados”, del colectivo teatral Matacandelas, de Medellín, será el encargado de inaugurar, este viernes 12 de octubre a las 8:00 de la noche, el XIV Festival de Teatro de Bogotá, que se llevará a cabo en 24 salas de la ciudad hasta el 27 de octubre.

El Festival de Teatro de Bogotá es realizado por la Gerencia de Arte Dramático del Instituto Distrital de las Artes – Idartes –, en alianza con la Asociación Nacional de Salas Concertadas – Asosalas –. En esta oportunidad la programación estará integrada por 36 funciones de artes escénicas, cuatro lecturas dramáticas y un evento especial: “La noche de reconocimiento y memoria”.

La curaduría estuvo a cargo de Juliana Reyes, Carmiña Martínez y Carolina Rueda, tres destacadas artistas escénicas, quienes seleccionaron las obras entre las 182 propuestas escénicas que llegaron al Festival.

La entrada a todas las funciones será gratuita, hasta completar el aforo de las salas. 

 

Durante una conferencia en el hotel Four Seasons de la Ciudad de México, las actrices mexicanas Ana de la Reguera y Marina de Tavira, integrantes de Cinema23 y Rodrigo Peñafiel, presidente de Premios Fénix, dieron a conocer a los nominados de la quinta edición del Premio Iberoamericano de cine Fénix, la cual tendrá lugar el próximo 7 de noviembre en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris de la CDMX y que celebra al cine hecho en Iberoamérica y a sus profesionales. 

19 ficciones y diez documentales fueron seleccionados para participar en las categorías de Largometraje de ficción, Dirección, Actuación masculina, Actuación femenina, Guion, Fotografía, Edición, Diseño de arte, Sonido, Música, Vestuario, Largometraje documental y Fotografía documental. Estos títulos fueron elegidos entre los 66 largometrajes de ficción y los 27 largometrajes de documental por un Comité técnico, conformado por directores, guionistas, actores, fotógrafos, diseñadores de arte, sonidistas, editores y músicos que hacen parte de la asociación de Cinema23.

Por segundo año consecutivo se reconocerá a las series hechas en la región, las cuales podrán participar en las categorías de Serie y Ensamble actoral. Para este proceso, se contó con 36 series elegibles, de las cuales cinco resultaron nominadas para esta edición de los Premios Fénix.

Adicionalmente, se entregarán tres reconocimientos especiales durante la ceremonia: El Premio Fénix a la Labor Cinematográfica, otorgado por la Federación Iberoamericana de Academias de Cine -FIACINE- en coordinación con la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas -AMACC-; El Premio Fénix al Trabajo Crítico, otorgado por FIPRESCI; y El Premio Fénix de los Exhibidores, otorgado por los principales exhibidores de la región y coordinado por Cinépolis que contempla el voto del público y que se dará a conocer en 10 días. Los ganadores de estos reconocimientos se revelarán en el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia en octubre.

Así, los largometrajes nominados en las diferentes categorías son:

Largometraje ficción:

- Alanís (producción: Diego Dubcovsky, Laura Huberman, 2017).

- As boas maneiras (producción: Sara Silveira, Maria Ionescu, Clément Duboin, Frédéric Corvez, Brasil, Francia, 2017).

- Cocote (producción: Fernando Santos Díaz, Christoph Friedel, Lukas Valenta Rinner, República Dominicana, Argentina, Alemania, Qatar, 2017).

- Las herederas (producción: Sebastián Peña Escobar, Marcelo Martinessi, Christoph Friedel, Claudia Steffen, Agustina Chiarino Voulminot, Fernando Epstein, Julia Murat, Hilde Berg, Xavier Rocher, Marina Perales Marhuenda, Paraguay, Alemania, Brasil, Uruguay, Noruega, Francia, 2017).

- Museo (producción: Gerardo Gatica, Alberto Muffelman, Ramiro Ruiz, México, 2018).

- Pájaros de verano (producción: Cristina Gallego, Katrin Pors, Colombia, México, Dinamarca, Francia, 2018).

- Zama (producción: Benjamín Domenech, Santiago Gallelli, Matías Roveda, Vania Catani, Pedro Almodovar, Agustín Almodovar, Esther García, Argentina, España, Francia, Países Bajos, Estados Unidos, Brasil, México, Portugal, Líbano, Suiza, 2017).

Dirección:

- Anahí Berneri por Alanís

- Julio Hernández Cordón por Cómprame un Revólver.
- Marcelo Martinessi por Las herederas. 

- Laura Mora por Matar a Jesús.

- Alonso Ruizpalacios por Museo.

- Ciro Guerra y Cristina Gallego por Pájaros de verano.

- Lucrecia Martel por Zama. 

Actuación femenina:

- Sofía Gala Castiglione por Alanís. 

-Karine Teles por Benzinho.

-Antonella Costa por Dry Martina.

-Bárbara Lennie por Una especie de familia.

-Carmiña Martínez por Pájaros de verano.

Actuación masculina:

- Lorenzo Ferro por El Ángel. 

- Javier Gutiérrez por El autor

- Gael García Bernal por Museo.

- Rodrigo Santoro por Un traductor. 

- Daniel Giménez Cacho por Zama. 

Guion:

- Marcelo Martinessi por Las herederas.

- Laura Mora y Alonso Torres por Matar a Jesús.

- María Camila Arias y Jacques Toulemonde por Pájaros de verano.
- Jaime Rosales, Michel Gaztambide y Clara Roquet por Petra. 

- Lucrecia Martel por Zama. 

Fotografía de dirección:

- Julián Apezteguía por El Ángel.
- Luis Armando Arteaga por Las herederas. 

- Damián García por Museo.
- David Gallego por Pájaros de verano.

- Rui Poças por Zama. 

Diseño de arte:

- Julián Apezteguía por El Ángel.

- Mikel Serrano por Handia.

- Carlo Spatuzza por Las herederas.

- Llorenç Miquel por La librería.

- Renata Pinheiro por Zama. 

Vestuario:

- Julián Apezteguía por El Ángel.

- Saioa Lara por Handia.

- Mercè Paloma por La librería.

- Catherine Rodríguez por Pájaros de verano.

- Julio Suárez por Zama

Sonido:

- José Luis Díaz y Emmanuel Croset por El Ángel.
- Nelson Carlo De Los Santos Arias, Nahuel Palenque por Cocote.
- Daniel Turini, Fernando Henna, Rafael Álvarez y Ariel Henrique por Las herederas.
- Javier Umpierrez, Isabel Muñoz, Michelle Couttolenc y Jaime Baksht por Museo.
- Carlos E. García , Claus Lynge y Marco Salaverría por Pájaros de verano.
- Guido Berenblun por Zama.

Edición:

- Guille Gatti por El Ángel.

- Caetano Gotardo por As boas maneiras.

- Nelson Carlo De Los Santos Arias por Cocote. 

- Miguel Schverdfinger por Pájaros de verano.
- Miguel Schverdfinger y Karen Harley por Zama. 

Música original:

- Tomaz Alves Souza y Mestre Anderson por Azougue Nazaré.
- Benedikt Schiefer por Central Airport THF. 

- Tomás Barreiro por Museo.

- Leonardo Heiblum por Pájaros de verano.
- Giorgio Giampà por Tiempo compartido. 

Largometraje documental:
- Baronesa (Dir. Juliana Antunes, Brasil, 2017).

- Bixa Travesty (Dirs. Kiko Goifman y Claudia Priscilla, Brasil, 2018).

- Central Airport THF (Dir. Karim Aïnouz, Alemania, Francia, Brasil, 2017).

- Muchos hijos, un mono y un castillo (Dir. Gustavo Salmerón, España, 2017).

- O proceso (Dir. Maria Augusta Ramos, Brasil, Alemania, Holanda, 2018).

- El silencio es un cuerpo que cae (Dir. Agustina Comedi, Argentina, 2017).

- Teatro de guerra (Dir. Lola Arias. Argentina, España, Alemania, 2018).

Fotografía documental:

- Juan Sarmiento G. por Central Airport THF.

- Pedro J. Márquez por Ex-Pajé.

- Caleb B. Kuntz por Nosotros las piedras.

- Manuel Abramovich por Teatro de guerra.

- Lara Vilanova por Trinta Lumes. 

Serie:

- Aquí en la tierra (primera temporada), México, Fox Networks Group Latin America, La Corriente del Golfo.

- La casa de papel (segunda temporada), España, Vancouver Media, Netflix.

- Félix (primera temporada), España, Movistar+.

- Luis Miguel (primera temporada), México, Gato Grande, Netflix.

- Narcos (tercera temporada), Colombia, Estados Unidos, Netflix.

Ensamble actor de serie:

- Aquí en la tierra (primera temporada), México, Fox Networks Group Latin America, La Corriente del Golfo: Tenoch Huerta Mejía, Alfonso Dosal, Daniel Giménez Cacho, Ariadna Gil, Paulina Dávila, Yoshira Escárrega, Ignacio López Tarso, Dolores Heredia, Gael García Bernal y Luis Gnecco.

- La casa de papel (segunda temporada), España, Vancouver Media, Netflix: Úrsula Corberó, Álvaro Morte, Itziar Ituño, Paco Tous, Pedro Alonso, Alba Flores, Miguel Herrán, Jaime Lorente, Esther Acebo, María Pedraza, Darko Peric y Kiti Manver.

- Félix (primera temporada), España, Movistar+: Leonardo Sbaraglia, Pere Arquillué, Mi Hoa Lee, Ginés García Millán y Pedro Casablanc.

- Luis Miguel (primera temporada), México, Gato Grande, Netflix: Diego Boneta, Oscar Jaenada, Anna Favella, Paulina Dávila, Camila Sodi, Juan Pablo Zurita, Cesar Bordón y Martín Bello.

- Narcos (tercera temporada), Colombia, Estados Unidos, Netflix: Pedro Pascal, Damian Alcazar, Francisco Denis, Alberto Ammann, Pepe Rapazote, Matias Varela, Michael Stahl-David, Matt Whelan, Miguel Angel Silvestre, Kerry Bishe, Arturo Castro, Jose Maria Yazpik, Margarita Rosa de Francisco y Taliana Vargas.

En el inicio de la Semana Fenix, Netflix y Cinema23 otorgarán un reconocimiento a un director de una ópera prima que forma parte de los largometrajes de ficción y documental nominados a los Premios Fénix 2018. Diego Avalos, director de originales internationales para América Latina y España, declaró, “Desde que Netflix se lanzó en América Latina en el 2011, hemos apostado en el talento Iberoamericano y colaborado con una amplia diversidad de creadores, directores y actores frente y detrás de las cámaras. Nos llena de orgullo seguir colaborando con Cinema23 por medio de este reconocimiento a las nuevas voces de la industria audiovisual”.

Éstas son las películas y documentales nominadas al Premio Netflix Ópera Prima:

- Azougue Nazaré (Dir. Tiago Melo, Brasil, 2018).

- Baronesa (Dir. Juliana Antunes, Brasil, 2017).

- Las herederas (Dir. Marcelo Martinessi, Paraguay, Alemania, Brasil, Uruguay, Noruega, Francia, 2017).

- Muchos hijos, un mono y un castillo (Dir. Gustavo Salmerón, España, 2017).

- El silencio es un cuerpo que cae (Dir. Agustina Comedi, Argentina, 2017).

- Teatro de guerra (Dir. Lola Arias, Argentina, España, Alemania, 2018).

- Un traductor (Dir. Rodrigo y Sebastián Barriuso, Cuba, Canadá 2018).

La ceremonia de premiación se realizará el 7 de noviembre en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, icónico espacio en el centro de la capital que este año cumple un siglo de existencia. Se transmitirá en vivo y en directo por televisión a toda América Latina a través de Golden y en streaming a todo el mundo a través de sopitas.com, elpais.com, msn.com y premiosfenix.com. Además, la alfombra roja será transmitida por streaming a través de E! Online.

 

 

 

Este fin de semana se lleva a cabo el festival literario al aire libre más grande de la ciudad. “Lectura bajo los árboles” es un espacio en el cual los aficionados podrán participar en charlas con autores, intercambiar libros, escuchar recitales de poesía, asistir a conciertos, disfrutar de conversatorios, enterarse de las novedades de la industria editorial y formar parte de talleres y laboratorios de creación.

Los días sábado 29 y domingo 30 de septiembre, entre las 10:00 de la mañana y las 8:00 de la noche se llevará a cabo este encuentro en el Parque nacional

En ese escenario se presentará la ganadora del Premio de Novela Elisa Mújica, dedicado a las autoras colombianas, cuyo veredicto será conocido el sábado 29, en una jornada que tendrá enfoque en la literatura escrita por mujeres.

El festival contará con más de 70 actividades en las que participarán autores como Brenda Lozano (México), Ana Penyas (España), Niall Binns (Inglaterra) y los colombianos Mario Mendoza, Carolina Sanín, Henry Alexander Gómez, Roberto Burgos Cantor, Fabio Rubiano, Carolina Cuervo, Harold Alvarado Tenorio, Harold Muñoz, Oscar Pantoja, Amalia Andrade, Margarita Valencia y Juan Álvarez, entre otros.

También se realizarán conciertos de las agrupaciones Grupo Tabarú, Pambil, Salsangroove, Ana Mercedes Vivas, Margarita Velasco, Juan Ayala, entre otros.

Adicionalmente, durante los dos días del festival habrá pícnic literario, piñatas literarias, juegos para los más pequeños, trueque de libros, recorridos por el parque y bicipaseos literarios.

Consulte toda la programación en el portal del Instituto Distrital de las Artes (Idartes).

 

 

 

 

Por: Abeth Kamell - Cuento Corto 

Las estrellas, los luceros y las luciérnagas se apoderaban del cielo y resplandecían los matorrales

Nací cuando las noches y los días empezaban al mediodía en Tucurinca, cerca a Macondo, (a Aracataca), en que había levantado una fortuna el señor Buelvas mi tío, hermano de padre de Roquelina Isabel mi madre mulata de cabellos largos y olorosos y fina artesana tejedora de hamacas y pellones.

El señor Buelvas mi tío, sacrificaba vacas de su hato lechero, en las madrugadas, puyando sus cuellos con un filudo cuchillón de acero inoxidable que parecía un espejo de agua cuando el resplandor de la luna clara iluminaba el monte, y todo, para vender carne al menudeo y en pequeñas cuantías en la colmena, en el expendio de la esquina, diagonal al ventorrillo del gordo Zoilo que vendía chucherías y carruzos de brillantina, de pomadas con olores a nardos para engominar el cabello y mostrarlo brillante, esplendoroso y mágico.

El expendio estaba estratégicamente situado en el corazón del pueblo por donde pasaba a un costado, el burro, un rústico tren que votaba tanto humo en cada pitada que parecía un dragón medieval y que cargó y transportó muchas tropas del gobierno en una de las tantas guerras civiles que flagelaron la región, para que dieran plomo a la resistencia criolla conformada por centenares de hombres desempleados y malcomidos que prefirieron morir dando plomo también, que seguir viviendo el drama de ver morir de hambre a sus hijos.

El burro además de cargar soldados, también cargó toneladas de racimos de guineo verde empacado en bolsas plásticas transparentes de las plantaciones de Guacamayal y Sevilla, donde las culebras, los buitres y los marranos diariamente se daban un banquete comiéndose el guineo que los trabajadores no alcanzaban a empacar.

Todas las mañanas, muy temprano y cuando el sol empezaba a despuntar por las estribaciones de la sierra madre, me encontraba al cachaco Zoilo tomando café negro en la esquina del cachaco Mejía, con una barriga de mujer preñada que casi no lo dejaba caminar:

--Buenos días don Zoilo--, lo saludaba con gran respeto.

--Buenos día--, me respondía formalmente como buen cachaco, con la taza de tinto caliente aprisionada en sus regordetas manos boterianas, de las que salían hileras de humo que se perdían en el aire fresco de la mañana.

En el camino, antes de llegar a la fama de mi tío, también me topaba con otro hombre importante del pueblo: “Picogordo”, un señor de estatura mediana, dueño de varias fincas ganaderas de la región, amigo de mi tío, el señor Buelvas, a quien también había que saludar:

--Picogordo…Buenos días.

--Y usted ¿quién es? me decía algo sorprendido sin responder al saludo, quitándose los espejuelos de gruesos vidrios para detallarme con sus ojos miopes y unas bolsas de pellejos colgados debajo de sus ojos de conejo, como dos goteras.

Luego de detallarme sigilosamente con su mirada, procedía a interrogarme bastante intrigado, aprovechando sus virtudes histriónicas:

--No me diga que usted es familiar del señor Buelvas ah.

--Soy su sobrino--, me apresuré a contestar. Por la noche, aprovechando la claridad de la luna de la primavera, me paraba en los bordillos de cemento de la acequia que daba a la casa de mi tío, para ver correr la corriente de agua cristalina, para ver el musgo que iba creciendo a paso agigantado y para escuchar los cantos continuos de los

renacuajos y los sapos tomateros, de quienes mi tío decía, que oírlos cantar en luna clara, eran cosas de buenos presagios.

--Mi tío tiene razón: estos sapitos cantan bonito--, me decía así mismo en un estado de felicidad plena, que robustecía mi alma.

Pero cerca de la acequia, también madrugaba a comprar carne, “El Negro” Cenén, un hombre bueno quien a pesar de ser negro de piel, en los días de la semana santa se le veía a veces blanco y a veces amarillo y todo porque una bruja de le zona bananera lo envainó, poniéndole un maleficio para dañar el color natural de su piel que parecía un mapa.

--Un curioso de Fundación después de examinar mi orina en un frasquito que le llevé, me dijo esa vaina: que lo mío no era ninguna enfermedad, sino un vainazo que me puso una mujer que tuve y que para joderme y no se fijara en mí otra vieja, ¡me envainó! explicó, al preguntarle respetuosamente, el motivo por el cual su piel cambiaba de colores como los camaleones prehistóricos.

--Son vainas de la vida, pero esté usted seguro —siguió explicando—que cuando encuentre a esa maldita bruja, la levanto a machete limpio pa que respete a los hombre--, se exasperó, pero rápidamente se ubicó en la realidad y se marchó no sin antes despedirse:

--Mire joven Buelvas, salude de mi parte a su tío. Hasta luego. Espero volver a verlo para brindarle un raspao de vainilla--, remató.

--Gracias señor Senén, pero no es necesario--, salí al paso.

Y así transcurría la vida en Tucurinca en que la poesía nocturna parecía aflorar cuando una invasión de luceros, de estrellas y de luciérnagas, iluminaban el cielo del pueblo que parecía ser de otra galaxia por cuanto raras veces los luceros se dejaban ver, igualmente las estrellas y las luciérnagas con sus lucecitas resplandecientes y amarillas, al punto que muchas noches sin luz eléctrica y poseído por la oscurana de las noches de Tucurinca, los nativos que caminaban las calles del pueblo con la gallada de amigos, fumaban tabacos criollos y a la distancia solo se veían lucecillas como un tizón ardiendo, que caminaban en el aire de la oscuridad como si no tuvieran cuerpos, lo que ocasionó que las mujeres impías de Tucurinca, pensaran que esas lucecillas de las noches, eran duendes que salían a pasear aprovechando el fresco de la noche, a lo que Picogordo decía:

--Estas mujeres están jodidas porque aquí en Tucurinca no hay duendes ni maricadas de esas, sino gente que fuma tabaco en las tinieblas y parecen luceros y luciérnaga—concluía reboleando en su boca de anciano adinerado, un puro de fabricación cubana que el viejo Jarufe le traía de Cuba cuando iba de tour por la Isla del Comandante Fidel en las vacaciones de verano de Enero.

--Sí, éstos tabacos me los trae mi compadre Jarufe y yo acá en Tucurinca se los pago en dólares—comentaba en medio del vaho emanado de su boca olorosa a nicotina y a letrina.

Para la época en que viví en Tucurinca con menos de 18 años de edad tras un éxodo forzado de mis padres, se hablaba maravilla de la zona bananera, de las extensas plantaciones de guineo y de las matas de plátano y del verdor de las tierras en que abundaba el bastimento, al punto que la gente del pueblo y de los caseríos y veredas, nunca aguantaban hambre porque lo tenían todo, empezando por el guineo que se daba silvestre como la verdolaga, y porque sin tanto misterio, cuando una familia quería desayunar bien, bastaba solo con arrancar una mata de yuca y a la olla, y a los pocos minutos apenas se oía el cuchicheo y el ruido particular de la olla hirviendo a todo timbal en los ancestrales fogones de leña con la candela cantando como presagiando la llegada de un familiar lejano.

 

Y esa serie de cosas inolvidables, eran precisamente las que Tucurinca y sus noches con lucero, estrellas y luciérnagas, el alboroto del tren en las madrugadas, las latas de leche tibia de los ordeños, los pajaritos armando un mierdero todas las madrugadas con sus míticos cantos diversos, los raspaos del viejo Senén y las muchachas bonitas de piel morena y cabellos rubios, y los cuentos de Picogordo y Jarufe junto al cachaco Zoilo y al cachaco Mejía, fue lo que hicieron que el corazón de mi tío Manuel Buelvas Navas echara raíces en Tucurinca y se quedara toda la vida, vendiendo carne en la colmena de la esquina del ferrocarril, sembrando todo tipo de alimentos en sus fincas ganaderas que tenía y que Blasito y Manuelito dos de sus hijos aventajados, al caer el sol por las tardes, arrearan el ganado a los corrales, montados en sus briosas bestias y entonando cantos de vaquería y que con una negra de casi

dos metros, tuviera una familia numerosa en un pueblo y en una región que parecía estar bendita por los Dioses y más aún, cuando en los bailes que se organizaban con jóvenes adolescentes del pueblo, solo había felicidad, alegría, buenas costumbres, traguito bien tomado y mucha paz, circunstancias que conquistaron el alma de mi tío el señor Buelvas que al final de muchos años y aún teniendo mucha vida por delante, una maldita mañana de octubre, murió de forma inexplicable cuando al pasar cabalgando a Primavera, su yegua preferida, se apeó del animal a tomar agua en un pozo cerca a una acequia, y desde ahí, desde ese momento se le prendió un dolor en el vientre que lo llevó a la tumba.

--Lo del señor Buelvas no fue ningún dolor ni nada de eso, fue un maleficio que le hicieron para matarlo y lo mataron—dijo Picogordo cuando se enteró del percance de su gran amigo el señor Buelvas.

--Ese cuento no se lo cree nadie y menos yo, que sé, de la fortaleza de este buen hombre. Dicen que una mujer de piel negra y pelo apretado se lo llevó no sé porque qué carajo, pero lo cierto es que ella fue quien le echó el vainazo—especuló con ojos tristes y apachurrados por el dolor.

--Qué pesar que todavía haya gente tan perversa—acotó con los hombros caídos por la desilusión, y enseguida secó sus lágrimas con la tradicional toalla rosada que siempre cargaba en el hombro izquierdo cuando montaba su caballo y se iba a la finca a revisar el ganado. –

--Ojalá que la bruja que le montó el velorio, se esté quemando en el infierno—remató profundamente dolido.

Por fortuna Tucurinca aún sobrevive y el poste que estaba puesto en el centro de la única cancha del fútbol que tenía el pueblo, ya lo quitaron. Cómo olvidar las noches de lucero, de estrellas y luciérnagas de Tucurinca; las muchachas bonitas de piel morena, de ojos verdes y cabellos dorados, y los raspaos del negro Senén. ¡Imposible!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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