Por:  Abeth Gustavo Kámell

(Cuento corto)

La tormenta empezó a las tres de la tarde con vientos enfurecidos que parecían  lenguas de fuego y con macabros silbidos y  rayos terroríficos que se rajaban en mitad del cielo como luces de bengala y truenos que reventaban estrepitosamente como el mofle de un carro viejo al que le suenan las latas y hasta el último tornillo. 

Las olas eran tan altas que parecían las montañas de los últimos tiempos bíblicos,  lo que ocasionaba que la canoa de guayacán,   barnizada y protegida con brea del viejo Sagrario Bendecido Barranco, --un longevo hombre pescador de oficio--, se bamboleara de babor a estribor como un barquito de papel, en las impetuosas aguas del mar,  en medio de   un gigante  remolino, sin embargo, el miedo no acobardó al viejo Sagrario que conocía  a fondo los misterios del mar y las fieras que habitaban en sus profundidades  ya que desde niño debió lidiar con los peligros inminentes que se presentaban en mar adentro, en  el que en cualquier momento surgían situaciones inesperadas en que la vida se podría perder, como la aparición entre las olas, de un gigantesco tiburón blanco con ganas de tragárselo con canoa y todo, un calamar de tamaño insospechado, o una ballena yubarta de más de  40 toneladas de peso corporal, todos ellos deseosos de comida fresca que saciara las hambrunas atrasadas de semanas enteras sin probar bocado, lo que se constituía en un verdadero drama para el humilde pescador que no tenía más que dos canaletes para impulsar su canoa, para remar, que al momento de presentarse una pelea con algunas de estas fieras hambrientas, no le servirían de mucho para defenderse.

El veterano pescador también sabía que quienes salían a tirar la atarraya muy lejos de la costa,  quedaban totalmente indefensos en un momento dado, casi como un náufrago, únicamente a merced y en manos de Poseidón –el mítico hijo de Cronos y de Rea--, y de los enigmáticos monstruos marinos que afloraban  por las noches en las aguas profundas del océano, en medio de la oscuridad y del espejismo producido por el resplandor brillante de la luna clara, en que las ballenas que parecían grandes edificios flotando como enormes bloques glaciares,  las rayas venenosas, los calamares gigantes de largos tentáculos,  los tiburones de muchas  hileras de dientes angulares y mordiscos asesinos;  las focas juguetonas y   los  rechonchos leones marinos, llenaban sus barrigas con las tripas de los salmones, de las truchas de escamas doradas y de los cuerpos de los humildes pescadores que caían en sus celadas, 

--pero conmigo no pueden  porque yo no me dejo tragar--, hablaba bajito   y para sí mismo el anciano hombre para animarse, y continuaba:

 --El primero que se asome para tragarme…¡Le rompo la cabeza con el canalete, pá que no me joda  más!--, sostenía riendo a media boca, con una risa nerviosa  a través de la cual  se podían ver  los manchones negros de las caries de sus muelas fosilizadas que parecían cercas rotas. 

Los tiburones conocían tanto al viejo Sagrario que lo percibían de lejos con sus olfatos de sicarios marinos, porque podían oler a la distancia, el sudor de su cuerpo que no era salado y espeso como tendría que ser, sino dulce como su sangre  de  diabético, pero igualmente él también los detectaba de lejos, con solo poner el oído izquierdo en el agua:

 --Ya vienen por mí, pero esta vez les romperé la crisma. ¡Ya verán!--, remataba con cara de hombre decidido a jugarse el pellejo. 

Así, pegando el oído al agua era como escuchaba los bramidos  y los movimientos de  las fieras y mediante su fina percepción auditiva podía presagiar qué tipo de tiburón  venía como un misil   rompiendo el silencio misterioso de las profundidades, decidido a darse un banquete comiéndoselo como carne fresca, con ropa, con canalete y con su canoa de madera y brea.  

La tensión nerviosa del viejo Sagrario era tan desbordada, que le produjo  un delirio que le hizo gruñir las tripas como un mal de estómago, y la barbilla empezó a temblarle como   si estuviera convulsionando y empezaron a flaquearle las rodillas y a escurrirle agua de la cabeza a los pies. Fueron instantes de pánico los  vividos por el pobre hombre, al punto que se orinó en los pantalones, por lo que estalló en asombro: 

--¡Ay carajo… lo que   faltaba!--, renegó sorprendido y avergonzado con él mismo. 

¡Me oriné en los calzones!--. 

El viejo Sagrario en esos tenebrosos momentos de angustia y de tensión nerviosa, recordó a su padre anciano, otro hombre pescador a quien un tiburón blanco le había arrancado de un bocado la oreja derecha cuando  apenas era   un niño que aún no había experimentado las sensaciones placenteras   de la pubertad y menos aún las del bigote incipiente y la de los  pelos debajo de las axilas, del sobaco. 

--Si a mi padre le hicieron eso, a mi no me harán lo mismo--, volvió a balbucear con un sonido casi imperceptible, al tiempo que un tic nervioso empezó a martirizarlo, al entumecerle  uno de sus pómulos, pálidos y escuálidos a raíz del miedo que al principio no había sentido, pero que fue apoderándose de él en la medida en que iba aumentando la tensión nerviosa referente a la  batalla desigual que tendría que librar con la carnívora bestia  para salvar la vida.  

Cuando  niño, su padre lo montaba en su canoa y  lo llevaba mar adentro a tirar la atarraya para pescar pargos, bagres y lebranches, hasta que una tarde, en el veranillo de San Juan cuando el viento impetuoso sublevaba las olas, un escualo de cabeza manchada se lo quiso tragar y él, habilidosamente y ante la mirada aterradora de su padre que enmudeció del susto, sacó de su mochila tejida por los  Mamos de la Sierra madre, una hachuela que un indio le regaló en unas navidades, y que antes de entregársela  la  santiguó con un rezo indígena, para que ningún espíritu maligno pudiera poseerlo, y fue con  esta misma arma rudimentaria con  la que le partió la cabeza en una actitud  valerosa:  

--Esto, es  pa  que respetes a los hombres--,  gritó exhausto  y con ojos de espanto al punto que se le querían salir porque sentía que le saltaban como dos bolas de ping pong.

En esa oportunidad, la fiera emprendió la huída, perdiéndose rápidamente en las profundidades, con una hendidura profunda en su enorme cabeza ancha y aplanada como un animal prehistórico, dejando un reguero de sangre esparcida  a la redonda como púrpura, pero no murió sino que sobrevivió a la mortal herida y el sodio del fondo del mar, las algas, los nidos coralinos y la baba de las matas de taruya, lo fueron sanando hasta que  la raja   de la cabeza cerró por completo. 

Esa devastadora fiera era nada menos que un enorme tiburón manchado de 5 toneladas de peso y diez metros de largo con cara saraviada,  provisto de una descomunal mandíbula y una hilera de dientes filudos como arrecifes, con los que había descuartizado a cerca de un centenar de pescadores, quienes lo habían  bautizado como Lucifer, porque según ellos, --un espíritu impuro lo había poseído en el fondo del mar--. 

El viejo Sagrario que acostumbraba diariamente  a calentar sus tripas con los sorbos de café caliente cuando aparecían en el cielo los pintorescos colores  del alba del nuevo día, antes de montar con su mochila y con sus dos  canaletes a la canoa de madera de guayacán y brea, se echaba la bendición  para frenar el mal y para que la pesca fuera abundante, como en la subienda, y debido a eso y como un vasallo de Dios siempre lo invocaba con su particular estilo de viejo pescador y curtido navegador de la mar, solo que esta vez no era propiamente una oración habitual del Padre Nuestro, sino una consigna desafiante: 

--Hoy se muere Lucifer  o yo me dejo de llamar Sagrario Bendecido Barranco, ¡Lo juro por mi madre muerta!, dijo con gran determinación y templanza jugándosela toda y enseguida guardó silencio por un momento. Y así fue porque cuando el asesino tiburón volvió a sacar la cabeza para  voltearle la canoa, ahí mismo el viejo Sagrario sin temblarle la mano le clavó  un hachazo que acabó de una vez por toda con Lucifer…

--Te lo dije y lo cumplí carajo, porque te mandé pal infierno pa que no me jodieras más! sentenció. 

Con la muerte de Lucifer, la paz volvió al litoral y al día siguiente todos los pescadores de la región salieron a pescar con sus canoas y sus atarrayas. Al viejo Sagrario lo declararon  héroe nacional:

---Sagrario…te lo mereces hermanos— dijo emocionado  Jacinto Buenavida, uno de los muchos pescadores que Lucifer había jodido por cuanto le daba miedo salir a pescar por temor a que se lo tragara con canoa y todo.

 

Abeth Gustavo Kámell, escritor y periodista

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Riohacha la capital de la Guajira se  prepara para celebrar del 18 al 20 de marzo una nueva versión el Festival de música vallenata “Fracisco el Hombre” 2016 donde habrá un despliegue sin igual de inspiración por el amor, la tierra, la cultura y los paisajes en la voz de sus concursantes.

El evento contará con la participación de grandes representantes de la música y el folclor  vallenato, como Poncho Zuleta, Peter Manjarrez,  Silvestre Dangond, y Martín Elías entre otros.

El Festival promueve y fomenta la calidad artística de la música vallenata contemporánea teniendo como referente el eslogan del Festival: "Nuestra tradición con nuevos aires” y sus distintas variantes, que van desde lo tradicional, la nueva ola, lo romántico hasta lo moderno. 

En el concurso participarán 12 agrupaciones previamente seleccionadas, que tendrán que competir con todo su repertorio bajo la mirada del pueblo guajiro que escogerá en la gran final  el 20 de marzo al Mejor acordeonero y la Mejor agrupación.

Las agrupaciones deberán interpretar la noche de la premiación un repertorio propio, donde al menos una de las tres canciones a que tienen derecho cada participante deberá ser en ritmo de merengue vallenato.

Desde ya, la península de la Guajira extiende la invitación a todos los colombianos que quieran visitar Riohacha a celebrar con su gente una de las la fiestas más alegres de la costa Caribe.. 

 

“Quien lo baila es quien lo goza”, es la consigna por estos días en la ciudad más fiestera de Colombia que vive su carnaval uno de los más famosos del mundo.

Todos los días la ciudad se vuelca y al ritmo de la música y el desenfreno  festeja sin parar  en medio de los disfraces, las danzas y el folclor, donde Joselito derrocha alegría, desparpajo, rumba  harina y  trago, bajo la música de las mejores orquestas, en lo que se constituye la principal fiesta popular de una ciudad alegre y bullanguera.

Una reunión de plañideras, monocucos y marimondas que transforman la  ciudad en un torbellino de desenfreno y fiesta, en medio de ritmos africanos  y aborígenes heredados en su historia, el garabato y el rey momo que con música de tambores y guacharacas se toman  la ciudad, hasta la vispera del miércoles de ceniza, eso y más es el carnaval de Barranquilla, patrimonio oral e inmaterial de la humanidad. 

Quienes  todavía no han vivido la fiesta más loca de Colombia, este es el momento para alistar maletas y viajar a la “puerta de Oro de Colombia, para dejarse llevar por la magia de los disfraces y la alegría de una ciudad que se entrega al derroche y durante sus días y sus noches baila sin parar para rendirle culto al gocde y a las tradiciones trasmitidas de manera oral para que la rumba  mantenga la fuerza viva   de la folclórica Barranquilla 

 

El escritor Italiano experto en semiología Umberto Eco, autor de reconocidas novelas murió a los 84 años este viernes en Milan.

Eco quien saltó a la fama en 1990 con la obra "El nombre de la rosa", fue profesor durante más de 30 años de la Universidad de Bolonia, donde se convirtió en un experto en el campo de la semiótica y escribió numerosas novelas de ficción acerca de cómo los signos y símbolos pueden ser utilizados para interpretar la historia cultural.

Umberto Eco, también escribió para un público más general, las novelas sobre todo literarias como "El péndulo de Foucault" (1988), cerca de tres trabajadores de una pequeña editorial que insinúan su propia teoría de la conspiración, y "El nombre de la rosa", una novela de misterio situada en un monasterio italiano en el siglo 14,publicada en más de 20 idiomas, que vendió más de 50 millones de copias.

"El nombre de la rosa" después de convertirse en un de los libros más leídos por los estudiantes a mediados de los 80, fue adaptada para el cine en1986 y protagonizada por Sean Connery como el Hermano William de Baskerville y un adolescente Christian Slater como su asistente, el novicio Adso, en uno de sus primeros papeles en la pantalla grande del actor.

Eco en ese entonces dijo estar decepcionado por la adaptación de la película y se mostró reacio a vender sus novelas posteriores a los estudios. Eco también escribió varios libros para niños y crítica literaria.

La muerte de Eco deja un gran vacío en las letras y el recuerdo de un hombre estudioso  que a través de sus obras, ensayos  y sus columnas en los diarios donde escribió sobre la simbología de las cosas, la universalidad y la magia que guarda la literatura

 Con información de The Wrap 

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